El consenso de los cerdos

Si intentaras resolver, recurriendo al consenso, el conflicto entre quienes han estudiado que la Tierra es semiesférica, y los animales que aún creen que es plana, tendrías que aceptar que la forma de nuestro planeta es una especie de huevo aplastado.

Cuando se elaboró la Constitución, se primó el consenso sobre el sentido común y la verdad. Se buscó el punto medio entre quienes buscaban el progreso de un país fuerte y unido abriéndose al mundo y quienes veían naciones dentro de naciones y lenguas dentro de lenguas, como una muñeca rusa esquizofrénica, porque cada pequeño segmento diferenciado era un huerto donde cultivar odio y recoger pesetas.

Y es que cuando se enfrentan realidades, la equidistancia es una cerdada. La parodia imbécil de las «lenguas» regionales en este país es una tragedia delirante, y la mayor muestra de esa terrible y tan habitual costumbre española de tragarse de tres en tres las ruedas de molino, para que un hijo de puta no se enfade.

El catalán es un dialecto del occitano, lengua medieval muerta y olvidada, que apenas farfullaban los catetos más bestias de las aldeas más perdidas de Cataluña en el siglo XIX. Fue revivida con el único objetivo de darle algún sentido a un nacionalismo catalán que ni existía, ni nadie se planteaba una nación para él, y buscarle cómodos sillones a los peores elementos de una sociedad que, entonces, era sana y pujante.

Y qué decir del vascuence. Lengua totalmente olvidada, que apenas se hablaba por los más viejos de algunos valles vascos, que además eran incapaces de entenderse entre ellos. Menos mal que llegó Sabino Arana, ese precursor del nazismo, a inventarse el euskera y una «nación» alrededor de esa lengua ridícula e inventada.

Teniendo en cuenta que el euskera batúa, el normalizado, es un invento de la primera a la última palabra, pretender justificar una «nación» y una «cultura» sobre él tienen el mismo valor y la misma solvencia que reivindicar una nación Klingon, o juntarnos catorce amigos a hablar el élfico que inventó Tolkien, y por supuesto, sentirnos oprimidos, exigir un parlamento y mucho dinerito a los españoles, odiarlos y reírnos mucho de ellos.

Y es que la historia de la humanidad está llena de lenguas muertas. A algunas de ellas, al latín, al griego, al arcadio, le debemos absolutamente todo lo que somos culturalmente, aunque hoy en día no sean utilizadas.

Pero hay otras lenguas muertas que no han aportado nada a la humanidad, que hoy seríamos exactamente como somos si nadie las hubiese hablado. Que no hay nada originalmente escrito en ellas que merezca la pena ser leído. Y entre esas lenguas están, por ejemplo, el catalán y el vasco.

Y eso es una realidad, no algo que sea susceptible de ser consensuado. Y es por eso que lo sano es dejarlas simplemente desaparecer en el olvido.

Es dramático acabar con la oficialidad de lenguas imaginarias, el reconocimiento de naciones imaginarias, y el pago de sueldos innecesarios. Es radicalmente dramático.

Como sociedad, deberíamos haber aprendido.

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