Rajoy se va y no quiere ser Aznar

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En esta lluviosa primavera suceden en España cosas que parecían imposibles. En sólo una semana Pedro Sánchez ha llegado a La Moncloa y Mariano Rajoy se ha ido del PP. A partir del minuto en el que anunció que deja voluntariamente la Presidencia del PP cuando le faltaban dos meses para cumplir quince años en el puesto, se ha puesto en marcha esa costumbre española de enterrar divinamente a los muertos, según expresión feliz de Rubalcaba. Todos dirán que se ha ido de forma elegante, impecable, lógica, natural. A la altura del que ha sido presidente del Gobierno casi siete años. Ahora todos dirán que le van a echar de menos. Ha comenzado la canonización, en su propio partido, y en los de enfrente.

Rajoy se va, enormemente devastado en lo personal, por las dramáticas circunstancias de la moción de censura que le ha descabalgado del Gobierno. El líder del PP sabía que en su partido querían despedirle, con honores, pero despedirle. Que una inmensa mayoría estaba deseando abrir una nueva etapa en un PP desgastado por la corrupción. Han sido muchos los dirigentes que en los últimos meses han advertido que Mariano Rajoy no era un líder irresponsable, que haría lo mejor para su partido y que no sería candidato en las próximas elecciones generales. Es lo que ha hecho. Antes de lo que él mismo había previsto, obligado por su abrupta salida de La Moncloa. El ex presidente no supo, no pudo, o no quiso calibrar que su situación hace sólo una semana era desesperada. No se esperaba la traición del PNV y, por tanto, no supo, no quiso o no puf buscarse una salida para evitar el triunfo de la moción de censura. Al final, ha hecho lo que no quiso hacer la pasada semana: dimitir.

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Lucía Néndez

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